Hola, soy Fiore Fasce, creadora de Duendes Avalon, una comunidad holística que nació en 2010 como un espacio para compartir arte y energía, y que con el tiempo se transformó en un refugio espiritual que hoy reúne a más de tres millones de almas en redes sociales.
Desde niña percibo el mundo con los ojos del alma, sintiendo la presencia de lo invisible y la energía que une todas las cosas. Esa sensibilidad me llevó a dedicarme a la sanación energética, el acompañamiento espiritual y el autoconocimiento, guiando a otros a reconectarse con su esencia y su luz interior.
Lo que comenzó con figuras de duendes y hadas creció hasta convertirse en un camino de conciencia y expansión. Hoy, Duendes Avalon es un punto de encuentro para quienes buscan sanar, recordar y volver a creer en la magia que habita en todo. Yo solo soy un alma caminante, un puente entre lo visible y lo invisible, que extiende su mano con amor a quienes deseen recorrer este sendero junto a mí.
Mucho antes de comprender lo que era la espiritualidad, ya sentía la presencia del plano elemental. Desde niña percibía que el mundo estaba lleno de vida invisible, de presencias luminosas que habitaban entre las flores y el viento. Pasaba horas en los jardines de mi abuela hablando sola (o eso creían los demás), pero en realidad conversaba con los seres de la naturaleza: duendes, hadas y espíritus del bosque que me hacían sentir segura y feliz.
Ellos fueron mis primeros maestros, los que me enseñaron a mirar la magia en lo cotidiano y a escuchar el lenguaje de las plantas. También los animales ocuparon un lugar sagrado en mi vida; desde muy pequeña sentí con ellos una conexión profunda, casi telepática, que me enseñó sobre el amor incondicional y la lealtad.
Aquella infancia rodeada de naturaleza y seres sutiles fue la raíz de mi camino espiritual, donde nació mi sensibilidad y la certeza de que lo visible y lo invisible laten en una misma frecuencia.
Desde muy pequeña, mi curiosidad por los misterios de la vida creció junto a una necesidad profunda de cuestionarlo todo. Siempre sentí que detrás de lo visible existía una fuerza sutil moviendo los hilos de lo que somos y vivimos. Mi mente buscaba respuestas, pero mi corazón anhelaba conexión, sentido y magia.
Tuve la fortuna de que mis padres me criaran con libertad, sin imponerme dogmas ni limitarme. Me permitieron creer y sentir por mí misma, y ese fue el mayor regalo: poder explorar el mundo con mis propios ojos, sin miedo a equivocarme ni a soñar demasiado.
A los doce años viví lo que hoy llamo mi primer gran despertar. Ahorré y compré tres libros sobre mediumnidad y contacto con los guías espirituales. Fueron una llave que abrió un universo nuevo dentro de mí. Mientras los leía, sentía un profundo reconocimiento, como si una parte antigua de mi alma recordara algo que siempre había sabido. Esa puerta, una vez abierta, nunca volvió a cerrarse.
A los quince, mi mamá me regaló mi primer Tarot de las Hadas, que conservo hasta hoy como un amuleto de amor y gratitud. Con él aprendí a escuchar los mensajes del alma y comprendí que la magia no es fantasía, sino una manera de ver la vida con el corazón despierto. El despertar espiritual no sucede una sola vez, sino cada vez que elegimos mirar más allá de lo evidente.
Con los años, aprendí a escuchar con más sabiduría qué enseñanzas merecen ser atesoradas en el corazón. Entendí que el verdadero aprendizaje no siempre llega en los templos ni en los libros sagrados, sino en las experiencias que nos transforman desde adentro.
A los diecisiete años atravesé una crisis profunda de sentido, una búsqueda intensa de pertenencia que me llevó a explorar distintas religiones y filosofías. Quería comprender si mi alma resonaba con alguna de ellas, si existía un lugar donde mi espíritu pudiera sentirse en casa. En ese recorrido descubrí que no pertenezco a una religión en particular, sino al amor que subyace en todas.
Elegí quedarme con lo más luminoso de cada camino: la compasión que aprendí del silencio, la entrega que nace del servicio y la certeza de que la espiritualidad es universal. No importa el nombre que le demos a lo divino, porque lo esencial es el vínculo interior, ese diálogo constante entre el alma y la vida misma.
Hoy comprendo que todos los senderos, en su fondo más puro, conducen al mismo lugar: al encuentro con el amor.
Tiempo después volví a sentir con fuerza la presencia de los elementales. Quise dar forma física a esos rostros de duendes que veía desde niña, así que comencé a esculpirlos y crear pequeñas figuras llenas de energía mágica.
Abrí una página de Facebook, cuando aún no existía Instagram, y canalicé el nombre de inmediato: Ávalon. Ese nombre resonó en mí como un recuerdo antiguo, la isla legendaria donde siempre es primavera, hogar de hadas y guardianes de la naturaleza. Con el tiempo comprendí que mi alma guarda una conexión profunda con las Islas Británicas y el mundo celta, y que Avalon despertó memorias de vidas pasadas ligadas a esa tierra y su sabiduría ancestral.
Lo que comenzó como un espacio para compartir arte se transformó naturalmente en un camino espiritual. Las publicaciones sobre duendes y hadas dieron paso a enseñanzas, reflexiones y mensajes de luz. Así, Duendes Avalon dejó de ser solo una página para convertirse en una comunidad energética viva en redes con mas de 3 millones de seguidordes, un punto de encuentro donde la magia y el amor se expanden cada día.
Durante los primeros años de Duendes Avalon, la vida me llevó a un segundo despertar profundo. Mi papá enfermó repentinamente y partió poco después. Tenía veintiún años, y ese dolor marcó mi alma y aceleró mi madurez espiritual.
En medio del duelo lancé mi deseo al universo como una vela al viento: necesitaba comprender el alma, su viaje y su regreso. Así comenzó mi estudio sobre la vida después de la muerte, la reencarnación y los Registros Akáshicos, donde descubrí mi capacidad natural para canalizar mensajes de guías y maestros.
Con el tiempo comprendí que nada fue casualidad. Aquella conexión con lo invisible que sentía desde niña era parte de un plan mayor, una memoria que despertaba para recordarme mi propósito. El viaje de mi papá me enseñó que el amor no muere, solo se transforma, y me impulsó a vivir mi misión: ayudar a otros a recordar quiénes son y de dónde vienen.
Mirando hacia atrás, puedo ver cómo cada pieza del rompecabezas encajó con precisión divina. Cada experiencia (incluso las más dolorosas) fue necesaria para abrir mi corazón y reconocer mi misión: ayudar a los demás.
No me considero guía, maestra ni chamana.
Soy simplemente un alma caminante, una buscadora que sigue aprendiendo cada día. Soy un puente entre lo visible y lo invisible, entre el cielo y la tierra, entre el alma y la experiencia humana. Extiendo mi mano a quien desee recorrer el sendero a mi lado, no desde el lugar de quien enseña, sino desde el de quien acompaña con amor, presencia y consciencia.
A lo largo de estos años me formé en distintas disciplinas: fitomedicina, astrología, canalización, vidas pasadas, reiki, gemoterapia, radiestesia y tarot, entre otras.
Siento que muchas de estas herramientas son recuerdos de otras vidas que, poco a poco, voy trayendo de regreso a la consciencia.
Todo lo que hoy ves en Duendes Avalon nació del amor y del deseo de compartir luz.
Nada de lo que ha ocurrido fue casual.
Cada alma que llega a este espacio trae consigo una historia, una búsqueda y un reflejo.
Y si estás leyendo esto, también formas parte de la mía.
Gracias por caminar conmigo.
Gracias por existir.
Con amor,
Fiore